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sábado, 9 de noviembre de 2019

Oficio de editor: Algunos testimonios dignos de contar

Oficio de editor: Algunos testimonios dignos de contar

Margarita Valencia (Colombia)

Leila Guerrero (Argentina)

Carlos Lohlé  (Holandés)

Gabriel Zaid (México)

Carlos Barral (España)

Daniel Golding (México)


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Preocupaciones de un pequeño gran editor
Aquí acerco un texto inédito que mi padre Don Carlos Lohle me entregó en uno de sus últimos  viajes  por Amsterdam alrededor de 1987.
Un saludo cordial, Miguel Lohlé.

CARLOS LOHLÉ

Texto inédito de un Hombre, que en su muy temprana juventud y tras regresar de un viaje por el extremo Oriente -por entonces, como gerente de la editorial Desclée De Brouwer-, conoció a otro de su misma edad en su primer paso por Argentina . Ese otro era mi Padre. Desde ese entones y hasta el fin de sus días, sus libros conocieron la misma imprenta. Transitó, como pocos editores, la América latina profunda. FJA
.
Cuando nuestro amigo PEZZONI, hace algún tiempo, me invitó a dar una conferencia en la FUNDACIÓN FRANKLIN, al principio rechacé su pedido, amablemente, pero con mucha decisión.
Y ésto, por varias razones: en primer lugar, porque me siento totalmente incompetente para dar conferencias y me parece que hay muchos colegas que pueden hacerlo con mayor capacidad que yo; luego las dificultades que representa para mí el tema del idioma, y last but not the last, porque a veces digo cosas que suenan en forma extraña a los oídos de mis semejantes, lo que en ocasiones acarrea ”malentendidos.”

Ante la insistencia, sin embargo, de que yo mismo terminara el tema, de que me fijara el tiempo necesario para exponerlo y de que eligiera además la fecha que me resultara más oportuno, me di por vencido, a condición que todo se redujera a un encuentro informal y breve.

Por experiencia propia sé que no hay nada más insoportable que oradores sesudos que nunca llegan a su fin. Transcurrido cierto tiempo, no es muy difícil apreciar que el público tiene la garganta tan seca o más que el orador y deja la impresión de que para él, el reloj nunca aprendió a señalar las horas, sino los minutos.
Prefiero además la charla informal, pues ella me permitirá entregar algunos pensamientos sueltos con respecto a diversos problemas relacionados con el libro en América Latina, un poco a tontas y a locas, sin obligarme a una disciplina a la que no me siento inclinado. No pretendo dar soluciones ni ofrecer recetas. Más me interesa incitar a la reflexión.

Durante años, en México, Argentina, Chile, y Colombia, los principales productores de libros del continente -toda vez que elevamos un petitorio ante los gobiernos o ante cualquier instancia oficial solicitando medidas que alivien nuestras dificultades mediante mejoras de orden económico, financiero, crediticio o fiscal-, nos sentimos felices porque podemos manejar el ponderable argumento de que servimos a la cultura; y ¿quién de nosotros, por otra parte, al celebrar un jubileo editorial, dejará sin mencionar los años consagrados al país y la cultura? No pongo en duda el hecho de que en verdad sea ésto lo que estamos haciendo. Pero me gustaría colocar un poco bajo la lupa este argumento y preguntarme, admitiendo que en verdad, servimos a la cultura, si lo hacemos realmente como debemos.

En primer lugar, tomando en cuenta que en este continente de 250 millones de habitantes hay 50 millones de analfabetos y 40 millones que apenas han gozado de una enseñanza escolar de más de tres años y 125 millones de personas con edad menor a los 19 años; y aún admitiendo que la difusión del libros contribuya a solucionar el problema de analfabetismo y a ayudar a aquéllos que ya han superado esa fase, quisiera advertir que la lectura y difusión del libro puede ser una forma de difusión de la cultura, ... pero no necesariamente lo es.

La historia de la cultura no tiene que ser forzada y exclusivamente literaria. En el curso de los tiempos encontramos bastantes ejemplos de un alto nivel cultural no necesariamente ligado a la cultura literaria.

Dejando de lado Asia y limitándonos solamente a nuestro propio continente, todo lo que encontramos a través de los siglos en arquitectura, trabajo de metales nobles como oro y plata y piedras preciosas; cuantas cosas hoy podemos admirar en los museos de México, Lima, Quito y Bogotá, para mencionar sólo algunos; todo eso que llena de admiración por su alta sensibilidad artística, ha nacido y/o evolucionado en un medio, en gran medida, iliterato, higiénico, según nuestras ideas occidentales.

Y bien, tales indígenas tienen un concepto y una vivencia de la dignidad humana que no es fácil encontrar en esta forma tan pura, en el ambiente de nuestra así llamada civilización occidental y cristiana.  Además, vi unas sesenta telas pintadas por ellos, de un colorido y composición dignos de ser admirados en cualquier museo contemporáneo.

Eran obras, bien entendido, d`une peinture naive. Lo curioso que observé en estos cuadros, fue que ninguno de ellos estaba firmado, porque estos indígenas sabían pintar perfectamente, pero no habían llegado todavía a saber leer y escribir. Viviendo entre esta gente, hablando con ellos, observándolos en sus trabajos y costumbres, en medio de una naturaleza tropical de belleza fulgurante y de una tranquilidad sin igual, con ausencia completa de cuanto puede brindar el confort moderno, como la electricidad, servicios sanitarios, agua potable, heladera, radio, televisión, máquinas de todo género, me dije: el marginal soy yo, y no ciertamente estos indígenas.

Es evidente que el caso a que me refiero es un caso extremo, y tal vez a ello se debe probablemente que me haya incitado en tal medida a la reflexión. Sin embargo, no hay la menor duda de que este ejemplo, en mayor o menor grado, nos da una imagen de lo que es el cuadro de fondo, en contextos distintos, de gran parte de nuestra América Latina.

Me preguntaba entonces, qué estaba haciendo yo en mi condición de editor frente a esta situación. Una voz en mi interior no dejaba de susurrarme: “Hombre, no te preocupes; estás contribuyendo con tus libros a difundir la cultura y la civilización”.
Escuchándola, no pude dejar de sonreír; luego, estalló en mí la carcajada, franca y abierta, porque me vino a la memoria una historia que me contó un misionero francés que durante treinta años había trabajado en el Matto Grosso.

Me relataba, que a intervalos regulares, una vez cada uno o dos años, llegaba a su reducto de la selva, una expedición del ejército brasileño en su programa de ayuda al indígena; la que pasaba allí unas semanas. Una vez traían, entre otras cosas, jabones; en otra ocasión, molinillos de café, suministro, sin duda, de algún industrial que fabricaba esos productos. Pero en el último viaje le trajeron cepillos de dientes en grandes cantidades, enormes, para los aborígenes; y los resultados –como decía el misionero- fue que después de varios días, esos indios, con una dentadura entre las más perfectas del mundo, se limpiaban con los cepillos de dientes cierto orificio del cuerpo humano, que no es precisamente el que empleamos para comer.

Recordando esta anécdota, no pude menos que experimentar una sensación de malestar sobre mi propia responsabilidad de editor con respecto a este inmenso continente en desarrollo. No estamos también nosotros muchas veces llevando agua al mar? ¿No estamos también nosotros enviando nuestros cepillos de dientes al lugar que no corresponde? ¿Nos preguntamos acaso si lo que realmente estamos haciendo tiene una utilidad verdadera?

Cuando veo la enorme producción de títulos -muchísimas traducciones que desde varios rincones inundan nuestro continente-, me pregunto si tomamos suficientemente en cuenta las necesidades vitales de los destinatarios.

¿No valoramos demasiado la utilidad de nuestros esfuerzos desde nuestro punto de vista y situación y no suficiente desde los del lector? Y no hablo de un criterio exclusivamente mercantilista cuyo único fin fuera solamente el lucro. Porque creo que difícilmente se pueda negar que tanto el editor, como el librero y el escritor, además de sus funciones propias tengan una función eminentemente social, especialmente en países de poco desarrollo.
¿No pasamos por alto a menudo valores existentes que son de una riqueza increíble, inexplotados, y olvidamos que nosotros tenemos en nuestra América valores con sus idiosincrasias definidas, como tantas veces he podido comprobar personalmente?

Lejos de mi insinuar con ésto una especie de paternalismo en materia editorial, o trabas a la libertad de expresión. Bien al contrario. Pero sí, una conciencia real y responsable, cada uno según sus convicciones. ¿No deberíamos desenterrar, primeramente y ante todo, en este terreno propio de nuestra Latinoamérica, los valores existentes y las fuerzas creadoras, antes de importar y reexportar, sin menospreciarlos en sí, valores foráneos, a menudo adaptados con etiquetas latinoamericanas en forma tan poco feliz que en realidad van directamente en contra de la idiosincrasia autóctona y a poco van tomando una forma de imposición, por no decir, que resulta imposible sustraerse a ellos.
De esa manera se crea una situación de ambivalencia, lo que me parece funesto. Pues no hay nada peor para el hombre o para un pueblo como el no poder ser él mismo y vivirlo. El ejemplo más triste lo tenemos en Puerto Rico, país de cultura definidamente latinoamericana, donde cierta mejora del aspecto económico, aunque sea momentánea y en parte ilusoria, se ha pagado con el precio del alma del pueblo.

La situación ha llegado a tal punto, que la idiosincrasia y la cultura puertorriqueñas parezcan a muchos, difícilmente recuperables. Y lo que está pasando en Puerto Rico se repite en proporciones diversas en todos los países del continente. Porque no se mantiene la cultura de un pueblo, solo conservando un poco de su folklore; -fácil mercancía, en adición, para la exportación-. Hay que penetrar en el alma y el espíritu del pueblo, y no poner el dar en primer lugar; sino buscar primero la riqueza escondida de sus valores humanos, descubrir el hombre detrás del hombre, para que él pueda, sin miedo, liberarse interior y exteriomente.

Si tomamos como punto de partida el hombre como una totalidad creadora, no habrá peligro de que la alfabetización, por dar un ejemplo, sea solamente un acto mecánico y no un acto liberador.
Por otra parte, creo que no tenemos que exagerar la influencia del libro porque ésta es, en el fondo, bastante reducida, por más que creamos lo contrario: en realidad el libro no llega a la masa.
El conocido GABRIEL ZAID presentó hace poco, en una publicación de la Universidad Autónoma de México, un estudio muy penetrante al respecto.

Dice ZAID: “El libro no es un medio de masas en el mundo de nuestra lengua, ni quizás en el planeta por el crecimiento “explosivo” y la especialización de temas y “tratamientos”. La influencia directa de los libros es muy limitada. Los libros, como se ha comprobado, no se difunden más en la actualidad porque las masas con estudios universitarios no leen, y los principales responsables son las universidades que dan cursos y títulos, pero no enseñan a leer”.

Según un informe de la CEPAL, en el mundo de habla española, hay un millón de personas económicamente activas con estudios universitarios. Pues bien, este millón de personas, superiores en educación y en ingresos, apenas permite un mercado de dos a tres mil ejemplares por titulo. Y si esta gente no compra libros, ni hablemos de las masas, de los analfabetos, de los de poco poder adquisitivo, etc.

Pensemos en el número de transmisiones de televisión o de radio que se ven o se escuchan y el de películas que se exhiben. En la mayoría de los casos, el programa transmitido o la película exhibida alcanzarán fácilmente un público, de al menos, decenas de miles en el curso de una sola transmisión o exhibición.

Consideremos ahora, en cambio, todos los libros que se encuentran en venta. En el mejor de los casos, la circulación será, cuando mucho, de unos centenares en un año o de unos pocos miles en todos los años que tarda la edición en agotarse. En un solo día un programa de televisión congrega un auditorio de decenas o centenares de miles, mientras que un libro de venta sensacional en un día apenas alcanza a decenas de ejemplares leídos.

En nuestro continente los tirajes normales son de tres a cuatro mil ejemplares, y ésto para una población de doscientos o trecientos millones. ¿Se puede entonces hablar de comunicación de masas, cuándo la penetración es de un cienmilésimo?

No tengo elementos de juicio y cifras exactas a mano, pero no hay duda alguna de que el problema en países de poco desarrollo tendrá que ser abrumador. En un país como Inglaterra, por ejemplo, la casa PENGUIN anunciaba hace algunos años en un folleto de propaganda, que la producción de su firma no era una producción para las masas. Once millones de PENGUIN-BOOKS vendidos en el Reino Unido en un año, solo representan un PENGUIN-BOOK comprado por uno de cada cinco ingleses.

Los PENGUIN, dice el folleto, se destinan a una minoría—relativamente numerosa—que es una minoría selecta. Podemos, pues, tranquilamente decir que ni siquiera el libro de bolsillo alcanza a la masa y menos aún en nuestro continente, a pesar de que haya aumentado considerablemente esta manera de difusión del libro. 

Por otra parte, esta mayor difusión del libro se hace en forma horizontal; lo que si bien tiene sus grandes ventajas, no deja con todo de tener, creo, sus algunos inconvenientes desde el punto de vista cultural.

En nuestro ambiente no se siente todavía este efecto negativo en forma tan pronunciada como en Europa o Estados Unidos, países donde la tecnología avanzada permite reducir el costo y aumentar los tirajes. A la vez, que su condición de más desarrollados les brinda posibilidad de mejor colocación.

El problema al que me refiero y que aumenta la difusión del pocket, surge en relación con los autores noveles. Salvo raras excepciones, la editorial dedicada a estos formatos de presentación, tamaño y precio, siempre ha publicado títulos que ya han tenido éxito en edición corriente y generalmente de autores ya cotizados.

Pues bien, cuando pienso que Immanuel Kant publicó su CRITICA DE LA RAZÓN PURA, o Hegel su FENOMENOLOGIA DEL ESPIRITU, en su tiraje muy reducido, me pregunto ¿qué va a pasar el día en que se desarrolle cada vez más el tipo de libro pocket y qué le ocurrirá a un autor con un manuscrito de valor como los antes mencionados? No encontrará editor.
Creo que es éste un aspecto grave y serio para el futuro de nuestra América Latina, desde el punto cultural; razón por la cual quiero insistir en la gran importancia que tiene todavía la editorial intermedia que se ubica entre la artesanía propiamente dicha y la gran industria editorial. Y creo que ésto nunca debemos olvidarlo. Pues no se trata solamente del problema de producir más, sino de llegar a ser más; que es lo que por sobre todo, cuenta y pesa.

Daniel J.Boostin, en su estudio THE IMAGE, en palabras que se refieren solamente a Norteamérica pero que nos alcanzan por igual a nosotros, nos previene contra el peligro que acecha tras la graphic revolution; el peligro de que el hombre mire a su mundo sólo en la imagen de contornos reflejados en los espejos deformantes de los medios de comunicación de masas.

Como consecuencia, termina uno enfrentándose con imágenes irreales y deformadas de lo que realmente ocurre, de lo que se habla, se piensa, se aprecia y se espera; y donde el libro ya no puede cumplir su misión original. Esta situación está directamente relacionada con el florecimiento y popularidad de las ediciones abreviadas y sobre todo de los digestos.

Cuando uno piensa que el más conocido de éstos, el READER’S DIGEST, es leído por treinta y dos millones de norteamericanos -o sea, uno sobre cada cuatro adultos-, se entiende que la conclusión de Roostin sea “En este mundo de sombras, se disuelve y desaparece el propio concepto de autor literario” (In this world of shadows the very concept of literary authorship, disolves and disappears).

En América Latina, donde el coloniaje cultural todavía no ha desaparecido, creo que es difícil negar que ya existe una tendencia en esa dirección. La permanente misión del libro es hacer que el lector se detenga y escuche lo humano; ese humano que rescata en toda forma de manifestación, una posibilidad para enriquecer la existencia de cada uno de nosotros.

En este sentido, el libro no necesita ser un best seller –(al fin de cuentas se vende bien por el simple hecho de que se está vendiendo bien. D J.Boostin)-, sino una fuente inagotable de vida espiritual y por ende de formación personal.
La misión real del libro logra su fin si significa un traer a la memoria lo humano en todas sus dimensiones; y los griegos tenían razón cuando ligaban a la perfección, esa acción.

A pesar que en nuestro continente la difusión mayor -ya sea del libro literario o funcional-, alcance día a día una extensión mayor, en general, el libro, si miramos las cifras y estadísticas se dirige a una élite; si se quiera amplia, pero siempre una élite. Y aún esta élite, está en parte, bastante mal servida, por la mala comunicación o carencia de la misma. No nos conocemos e ignoramos unos de otros lo que estamos haciendo.

¿Dónde conseguimos en Buenos Aires por ejemplo, libros de Guatemala, por más modesta que sea la producción de este país? Con todo, el Estado en este país es, por intermedio del Ministerio de Educación, un editor importante, con unas veinticuatro obras por año y un tiraje total de más de trescientos mil ejemplares. ¿Y qué decir de un librero-editor como PROA, por ejemplo, que publica unos 8 o 10 libros por año; entre ellos una reciente biografía de Miguel Ángel Asturias de casi 400 páginas? Y lo mismo se puede decir de otros países latinoamericanos, como el Salvador, Nicaragua, Costa Rica, Ecuador, etc.

¡Y cuántos autores argentinos, chilenos y uruguayos de real valor, aunque tal vez no lo más cotizados internacionalmente, encuentran un desconocimiento total en los demás países!
No menosprecio en lo más mínimo los esfuerzos que se han hecho en los últimos años para remediar este problema. Pero desgraciadamente, tenemos que confesar que los resultados hasta ahora están lejos de ser satisfactorios, como en la práctica hemos podido comprobar.

El problema del libro en América latina, con todos sus anexos, debería ser tema de estudio y de investigación por parte de un equipo de especialistas a nivel continental, tanto para la parte cultural y social, como para la económica y financiera. Y debería encargarse su estudio a una institución capacitada o a una Universidad. Existe una sociología del libro en este continente.
Se debería crear una conciencia del problema general en sí y establecer las bases para remediar eficientemente los obstáculos con que hoy tropiezan tanto el editor, el librero o el escritor, como no menos el lector, para que al fin le llegue o reciba el libro en la forma adecuada.
Tanto la forma de elección como la manera de producción y difusión son importantes. Hechas con conciencia y responsabilidad, se evitaría una improvisación que a menudo ha sido desastrosa desde el punto de vista cultural, económico y financiero.

Con el estudio serio a fondo, el editor no se encontraría, como muchas veces ocurre, en una nomauland?, por falta de los elementos más indispensables para llevar a cabo su trabajo en la debida forma. Con los cambios profundos y acelerados en la sociedad y en el hombre, nos encontramos hoy en el umbral de un nuevo renacimiento, donde históricamente el papel de Latinoamérica es y será grande.

El editor por vocación quiere llegar a ser contemporáneo del futuro; especialmente en nuestro continente, donde tanto hay que hacer y donde el elemento humano es el mejor que yo conozco.

Carlos Lohlé . (Por entonces, reconociendo unos 75 años)

Hace 2600 años Heráclito depositaba su obra en ejemplar único, en el templo que luego caía preso de las llamas.
Así habló Zaratustra conoció en su primera edición, 40 ejemplares.
La web hoy permite que un simple ejemplar digital editado en la casa del autor en la isla de Pascua, llegue al instante a manos de un pescador en el Golfo de Bengala, apretando una tecla.
Algunos de estos problemas que planteara nuestro Querido Carlos Lohlé quedaron resueltos a 10 años de su partida. Otros, los que tienen que ver con el Amor, la libertad, la responsabilidad y el respecto de las identidades, subsisten. Pero no es la pequeña industria del libro la responsable de ello.
Aunque aprecie "La santa realidad" de Campoamor, tengo la sospecha que tenemos que aprender a relacionarnos mejor con las amazonas. Y no sólo las visibles. Y alcanzar esa conexión antes de los 80 años -edad que recomendaba Confucio apropiada para comenzar a escribir libros-, con la entrega diaria a los trabajos que siguen más allá del Alba, a nuestras bien identificadas Musas y a sus sueños.
Nos ahorramos unas cuantas reflexiones, pues Ellas piensan por nosotros. Sus hebras guian a Vidas más simples e íntegras, que así trascienden un día lo profundo, lo sufrido, lo bello, lo afortunado.
FJA, 14/11/14


Primeros capítulos de su autobiografía. pdf . En recuerdo a los 100 años de su nacimiento.

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       Leila Guerrero       Resultado de imagen para Leila Guerriero editorResultado de imagen para Carlos Barral editor fotosResultado de imagen para Carlos Barral editor fotos
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