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viernes, 31 de octubre de 2014

Sobre la aventura de la edición, una mirada optimista

Entrevista con Antonio Ventura; una charla con el escritor, el editor y el docente

por Estrella Escriña Marti tomado de Imaginaria

—A modo de presentación, ¿cómo empieza tu relación con la Literatura Infantil y Juvenil?

Antonio Ventura por  Estrella Escriña Marti
—Empieza hace muchos años, comprando libros para bibliotecas de aula durante mi tercer año como maestro, en Guipúzcoa (País Vasco, España). En aquel momento me planteé que trabajar sólo con un libro de texto era absurdo, y me puse a buscar libros para los chavales. Recuerdo que entre en el primer lote de libros que compré estaba Los tambores de Reiner Zimnik (1). Yo no tenía ni idea de quién era, y creo que fue el primer libro de literatura infantil que leí siendo ya adulto. A partir de ahí, me empecé a fascinar por el género. Luego me trasladaron a Colmenar de Oreja (provincia de Madrid), y allí encaré el trabajo de forma rigurosa, es decir me planteé: ¿qué colecciones hay?, ¿qué editoriales se ocupan del sector? Así, me fui leyendo sistemáticamente todas las colecciones que había, hice una selección junto con los propios chavales, que iba renovando periódicamente con las novedades que se publicaban.

A partir de entonces, comencé a tener contacto con las editoriales, primero con Alfaguara, como asesor pedagógico y como lector, y desde ahí, bueno…, hasta ahora.

—¿Desde cuándo escribes? ¿Cómo fue la decisión de publicar?
—Escribir, escribo desde mucho antes de publicar, incluso desde antes de conocer la literatura infantil. Siempre he escrito. Es verdad que he escrito más poesía que cuento, pero a finales de los '80, empiezo a escribir cuentos de manera constante, el primero de ellos es El tren, que no es el primer libro mío que se publica, pero sí el primero que yo trabajo con una nítida voluntad literaria. Este cuento lo terminé mucho antes de que viera la luz. Lo que sucede es que al ser un relato que cuenta algo que me pasó a mí, que tiene que ver con mi vida, sentía una especie de pudor, más allá de que algunos amigos, que lo habían leído, me decían que por qué no lo publicaba.
Es la relación, ya como editor, con los textos, con los autores y con los ilustradores lo que me decide a publicar. Sobre todo gracias a la opinión de algunos amigos vinculados a este mundo que me animaron a que se lo presentara a un ilustrador. Y lo primero que hice fue ofrecerle a Pablo Amargo la idea de la trilogía de las vacas, los osos y los perros (2) y ahí empieza este camino.


—Tu faceta de editor, ¿crees que te ha ayudado o te ha perjudicado a la hora de escribir? Piensas por ejemplo en el formato de la obra, una determinada editorial o colección...
—Yo creo que tiene como todo sus luces y sus sombras. Por un lado, ha tenido una enorme ventaja, porque me ha permitido conocer el proceso de creación del libro desde dentro, me
El tren, escrito por Antonio Ventura
nha significado conocer la obra de muchísimos ilustradores que, o no la habría conocido o la habría conocido de otra manera, desde otra instancia. Por otro lado, ha tenido y tiene un inconveniente. Y es que al trabajar, como editor y como escritor, con ilustradores, que ilustran tanto mis textos como los libros que yo edito, necesito delimitar claramente esa frontera necesaria, y a veces es complicado. Me consta que hay gente que piensa que yo me aprovecho de mi condición de editor para que determinados ilustradores ilustren mis textos, pero he de decir que siempre he sido profundamente escrupuloso con esa frontera. Cuando le di a Federico Delicado el texto de El tren, le dije: «Federico te voy a dar un texto, pero no te voy a decir de quién; quiero que lo leas y me digas qué te parece». Fue cuando ya me dijo que le había encantado cuando le confesé que era mío. De hecho, hay ilustradores que no les han gustado mis cuentos, y son ilustradores con los que yo sigo trabajando como editor.
—En realidad con muchos ilustradores has repetido: Teresa Novoa, Pablo Amargo, Federico Delicado, Judit Morales y Adriá Gòdia...

—Hay ilustradores que me gustan especialmente y, además, hay algo que me sucede, que me ha ocurrido ahora y siempre: cuando escribo, ya imagino las imágenes que deberían acompañar al texto, las veo en el estilo de un determinado ilustrador. El tren lo imaginé en ilustraciones de Federico Delicado, que él trasladó casi exactamente de mi sueño a la realidad. Lo mismo me pasó con El pájaro y la princesa o con Dos lobos blancos (3).
También es verdad que me manejo en muy pocos registros textuales o literarios, y eso explica que sea reincidente con los ilustradores. Recuerdo que hay un cuento, El oso y la niña, que cuando lo escribí, y soñé sus imágenes, me lo imaginaba ilustrado por Roberto Innocenti. Escribí una carta a Innocenti, pero nunca hubo respuesta. Obviamente pasó el tiempo y cuando ya claudiqué, Enrique Flores me trajo unos trabajos para un libro que estaba editando y, cuando vi el primero de los dibujos, sentí que en ellos estaba contenida la historia de mi relato. Cuando ahora veo el álbum, encuentro en sus imágenes el alma de mi cuento.

—Pecando de generalizar demasiado, creo que un rasgo notorio en tu obra es que se trata de una literatura reflexiva, pausada, que gira en torno a una anécdota breve. La espera, la obsesión de la pérdida... parecerían también temas recurrentes. Esto parece ir en contra de lo que se ha pensado mucho tiempo, que la literatura infantil y juvenil tiene que tener acción, movimiento, grandes peripecias...

Dos lobos blancos, escrito por Antonio Ventura

—Yo creo —y no lo digo por frivolidad o por desentenderme de mi obra— que si no se defiende ella sola pues es problema de ella. Bien, bromas aparte, pienso que hay algunas miradas bastante tontorronas sobre la literatura infantil, influidas por la pedagogía y por las cuestiones didácticas; también sobre la infancia y consecuentemente sobre los libros para niños. En más de una ocasión he oído decir a personas vinculadas a este mundo, que los escritores escriben desde el niño que llevan dentro. Con todo el respeto a esa expresión, yo no escribo desde ahí; en todo caso, escribo para el adulto que hay dentro de cada niño.

Y quiero decir algo que en el juego de los niños se observa muy bien. Cuando un niño juega sin estar perturbado por el adulto que le conduce a un juego con un fin didáctico, el niño es un ser completamente ensimismado. Es un ser que disfruta profundamente, pero aquí la palabra "disfrutar" no está entendida en términos de perspectiva social, en los que se asocia diversión a ruido, a jaleo. No; está entendida en su sentido más profundo; el mismo que guía la mano del creador en el proceso de su obra. Si nosotros vemos a un lector ensimismado en su novela, desde luego yo no tengo ninguna duda de que está disfrutando y de que se está divirtiendo muchísimo. Por "divertirse", no entiendo la acepción social de la palabra, que parece que tuviera que estar siempre asociada a la aventura, al movimiento, al bullicio.
Creo que eso mismo sucede con la lectura o con el acto de creación literaria. A mí la literatura que más me gusta —también siendo reducionista y simplificando demasiado— es la literatura alemana. Es una literatura que gira en torno al conflicto. Estoy pensando en Peter Härtling (4) o en Mirjam Pressler (5). En sus libros hay muy poca aventura, muy poca peripecia; en general, aparece un conflicto y cómo un niño enfrenta ese conflicto. A mí me parece que esa literatura es muy valiosa y necesaria para los pequeños, que atraviesan en soledad tantos y tantos conflictos, que les son ajenos a los adultos que les rodean.
En cuanto al aprendiz de escritor que soy... decir que yo no escribo lo que quiero, escribo lo que puedo, lo que se me ocurre y, probablemente, uno acaba siempre escribiendo el mismo libro; pues ahí están un poco tus obsesiones, tu forma de mirar el mundo. Cuando me encuentro con un libro de Mirjam Pressler, que es una de mis autoras favoritas, ya sé que me voy a encontrar con un libro intimista, de tiempo lento, con un conflicto, con amargura, siempre un libro esperanzador, nunca un libro en el que se trivializa el drama. En fin, yo creo que me muevo en esa horquilla de temas y ahí me siento muy satisfecho.

—Y una vez que te pusiste a escribir, ¿por qué hacerlo para niños? También has publicado una obra para adultos (6). ¿Qué diferencias hay para ti en el proceso creativo de ambos géneros?

—Yo creo que no hay ninguna diferencia. Decía Gianni Rodari que literatura infantil es aquella que se publica en colecciones infantiles. A mi juicio, El tren, La espera, El oso y la niña , El lazo rojo bien pueden ser relatos con sentido para un lector adulto, pero el hecho de estar publicados en formato de álbum ilustrado permite que tengan un valor y un sentido para los niños.
El pájaro y la princesa de Antonio Ventura
Creo que esa frontera que se marca entre literatura infantil o juvenil y literatura canónica es una frontera un tanto ficticia. Acabo de leer un libro de Amélie Nothomb,Antichrista (7), que no me ha parecido ninguna maravilla pero que me ha gustado. Esta novela tiene como protagonista a una muchacha de 17 años, es una historia en donde no hay ninguna escena de sexo explícito... no hay nada que no pudiera ser apto para menores aunque se muestre un conflicto humano profundo. Es un libro que podría estar perfectamente en una colección juvenil. Pero es un libro consumido por los adultos pues está publicado en Anagrama: pero que un buen lector de 15 años podría leer y disfrutar probablemente más que un adulto. Sobre todo por la peripecia que ofrece, que un adulto mirará ya con una cierta distancia.
A mí me parece incluso que muchos libros que pasan por ser infantiles —y que están premiados como tales— en realidad no lo son. Insisto en que yo siento que esa frontera es un tanto falsa. A la hora de escribir, yo no la siento. Recién la pienso —una vez terminado un cuento— cuando me planteo a qué editor se lo presento y, evidentemente, tal y como está el mercado, se lo tengo que presentar a un editor de literatura infantil.

—Y cuando escribes para niños, ¿tienes un lector ideal?
—Sí, lo hay. Decía Blas de Otero que él escribía para la inmensa minoría. Y no es por pretender ser elitista, en absoluto, pero sí creo que escribo para un tipo de lector, ya sea niño o adulto, que mira el mundo de una forma determinada. Quizá ése sea el lector ideal que yo tengo en la cabeza. Cuando debatimos las personas que nos dedicamos a esto de la literatura infantil, yo escucho muchas veces expresiones como: "esto a los niños no les gusta". Y yo me pregunto si los niños han elegido que les guste McDonald's o Disney, o lo han decidido los que deciden que nos debe gustar a todos y cada uno de nosotros. Yo creo que si esos niños hubieran tenido la posibilidad de elegir, unos habrían elegido Disney pero otros no lo habrían elegido. Yo probablemente escriba para niños y para adultos que no les gusta mucho el ruido, que al menos no les gusta excesivamente; ese sería mi lector ideal.

—Hasta aquí hemos hablado de tu faceta de escritor pero en tu libro 13 horas, las fotos que ilustran el texto son tuyas. Ya que sabemos de tu relación con la pintura hay que preguntarte ¿has pensado alguna vez en ilustrar?
—Pues sí, alguna vez pensé ilustrar, pero no mis textos. De hecho, alguna vez participé en algún premio de ilustración hace bastantes años y, lógicamente, pasó lo que tenía que pasar, que fue nada. Porque yo era muy mal ilustrador. Lo fui y creo que lo seguiría siendo, aunque no lo he vuelto a intentar.
13 Horas, Libro de Antonio Ventura
En 13 horas, desde el principio, veía claro que era una novela que me gustaría que fuera acompañada de fotos, y se lo dije en su momento a Michi Strausfeld, en estos términos. A la directora de Arte de Ediciones Siruela le pareció bien, me preguntó que qué tipo de fotos me imaginaba, le mandé una muestra de lo que yo había hecho, le gustaron y así quedó el libro.

—Ahora que mencionas a la editora de Siruela, Michi Strausfeld, quería preguntarte sobre tu relación con las editoriales. Tu obra se ha publicado en editoriales grandes como Siruela, Fondo de Cultura Económica, pero también en editoriales más pequeñas: Lóguez, Camelia, Edicions del Ponent, SPR/MSH... Tanto como autor que, como editor, ¿qué te parece que aportan estas editoriales nuevas?
—Yo prefiero trabajar con pequeños editores, y Siruela me parece que es un pequeño editor a pesar de ser grande, pues trabajan como tal. Quizás también, por pudor. Por el hecho de ser yo mismo editor, me cuesta imaginar mis libros publicados en editoriales grandes. Además, con las editoriales pequeñas mi experiencia ha sido muy grata: no hay tiempo, no hay prisa; podemos discutir si esto o aquello está bien o no, si hay que darle una vuelta más... Lóguez, para mí, es una de las mejores editoriales españolas. Y cuando escribí El tren tenía claro que era una historia para Lóguez.
Los pequeños editores aportan lo que los grandes no aportamos, y es un nivel de riesgo que los grandes no están dispuestos asumir. Que Dos lobos blancos esté en Edelvives es casi un azar. Porque no fue un libro que presentara directamente a Edelvives, pero cayó en manos de la editora —a quién le gustó mucho el trabajo de Teresa Novoa— y salió ahí

—Hace un tiempo leía la noticia de que el único sector editorial que ha terminado el año con ganancias en España es el de la Literatura Infantil y Juvenil, ¿cómo ves tú el panorama editorial español para niños? ¿Estos números de ventas van relacionados con la calidad de lo que se publica?
—A mí me llama mucho la atención que exista un mercado editorial tan grande en un país en el que hay muy pocos lectores. Muy pocos lectores adultos. Entre los niños y los jóvenes, cuando se dice que leen mucho yo creo que es porque son lectores inducidos. Si fueran lectores espontáneos no leerían ni la mitad de lo que leen. Entonces, es posible que el mercado infantil haya dado más beneficios. Pero en cualquier caso me parece que es un espejismo que se estén haciendo más lectores. Posiblemente sea una crisis europea o del Primer Mundo, pero yo creo que en España es verdaderamente una crisis. Mientras no haya una voluntad política por parte de los gobiernos y un compromiso con la lectura, el problema seguirá existiendo.

—Sumando tu experiencia como maestro, ¿cómo ves la evolución de la animación a la lectura?
Antonio Ventura, de Twitter.
—Yo creo que es una asignatura pendiente del sistema educativo y el origen del problema está en los curriculums de formación de los maestros. Yo he trabajado 19 años en la escuela pública y 13 en una editorial, y me parece que ha habido muchos cambios en lo que es el entorno escolar, pero en los curriculums de formación de los maestros no. Creo que los maestros siguen saliendo de las escuelas de formación de profesorado sin ser lectores. Cuando yo salí de la escuela de magisterio, los que éramos lectores no lo éramos ni por ella, ni por el colegio y el instituto que sufrimos antes e acceder a la universidad, lo éramos por azar. Los que éramos lectores continuamos siéndolo y los que no lo eran, pues no. No nos formaron ni para ser lectores ni para hacer lectores, y yo creo que eso sigue sucediendo. No sé si los maestros estarán mal o bien formados en proyectos curriculares o en cuestiones didácticas, pero yo desde luego conozco a muchos que no son lectores; están dando clase, incluso algunos pretenden que sus alumnos lean.

—Llevas ahora muchos años en la edición... ¿hay algún proyecto editorial al que le tengas especial afecto?
—La verdad es que cada proyecto nuevo es un reto y por supuesto un entusiasmo. La crítica y especialista Ana Garralón dijo en un comentario sobre Todo un mundo (un libro que yo edite), lo más bonito que han dicho de mí: y es que trabajo como un pequeño editor. Yo no sé si trabajo como un pequeño editor, pero lo que sí sé es que el todo el equipo trabaja con un enorme rigor. No quiero decir que trabajemos mejor que los otros, sino que enfrentamos cada libro con un entusiasmo y un cuidado como si fuera el primero o el único. Eso se hace con todos los libros y, yo creo, se nota.
Pero evidentemente hay proyectos que de entrada son más bonitos que otros. Por ejemplo, Cien libros para un siglo es de esos libros de los que en el camino uno se enamora; que cuanto más avanza el proyecto más te gusta y al final sale un libro espectacular. Pero de todos los proyectos indudablemente "Sopa de Libros" es un hijo predilecto. Es una colección que en el pasado 2005 llegó al número 100. Y no me avergüenzo de ninguno de esos 100 libros. E incluso reivindico algunos con verdadera pasión. Me parece que en esa colección hay una serie de títulos y de autores nuevos que son una referencia de la literatura infantil española de finales de los '90. Hemos hecho un esfuerzo, que a lo mejor no se corresponde con el resultado, de descubrir nuevos autores, nuevos ilustradores, y de armar una colección que fuera coherente en eso que llamamos un proyecto lector democrático y de calidad. Cuando digo democrático, quiero decir que hay libros que abren ventanas a otros libros, frente a libros que no abren ninguna ventana, que son como un callejón sin salida. La vocación de la colección, aunque no sé si lo hemos conseguido, era ésa. La respuesta del público y de los lectores ha sido, hasta el momento, muy buena.

Y, desde luego, dejar claro que no es un hijo que yo haya parido en soledad; es un hijo fruto del trabajo de un equipo de personas y eso se nota. Enfrentamos el trabajo de una forma muy horizontal e intervenimos unas cuantas personas, y eso para mí hace que la colección tenga esas señas de identidad; que personas que a mí me inspiran respeto como lectores, reconocen como un proyecto editorial solvente.
Anotnio Ventura, "Los libros no nos hacen mejores, pero nos hacen más libres"

—Debo confesar que algunos de tus proyectos editoriales dan mucha envidia. Desde fuera parece que te puedes permitir sacar adelante proyectos ambiciosos y de gran valor. Estoy pensando en Cien libros para un siglo o la colección La sombra de la palabra.
—Influye que, en general, tengo buena relación con autores, con ilustradores, y con gente vinculada al mundo de la literatura infantil. Intercambiamos muchas opiniones e ideas. Y a veces simplemente nos permitimos soñar: «si tuviéramos una editorial que fuera nuestra haríamos...». Y entonces, muchas veces, en ese "haríamos", yo, que suelo ser bastante pragmático, pues digo: «¿y porqué no lo hacemos?». Por supuesto, siempre hay que preparar un proyecto y hay que presentarlo a la dirección general de publicaciones. Hasta el momento, muchos libros que he soñado luego han visto la luz. Así surgió, por ejemplo, el proyecto de los álbumes "Ciudad de Alicante" que publicamos con el Ayuntamiento (8). Evidentemente, uno parte del material que se presenta al concurso, pero luego con el ilustrador, con el autor, trabajamos, ciudamos y perfeccionamos el proyecto. Casi como un pequeño editor: hacer libros de los que uno dice «Este libro lo he hecho para mí.»

—Yo quería que nos hablaras del proyecto "La sombra de la palabra" de la editorial Anaya, porque me parece que aparte de la colección de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez no hay otro proyecto tan ambicioso.
—Sí, hay otra. Se llama "Espacios de la lectura", y es del Fondo de Cultura Económica. De hecho, a mí "La sombra de la palabra" no se me ocurre desde la nada. Yo conozco esas dos colecciones, soy lector de ambas y me parecen unos proyectos muy rigurosos, muy serios y muy necesarios. Pero me parecía que ninguna de las dos atendía a las personas que empiezan. Son colecciones para expertos, para personas que están metidas en este mundo, pero no para la gente que comienza en la facultad, en filología o los propios maestros. Hay libros sueltos, Víctor Moreno tiene unos cuantos excelentes, pero una colección en la que las señas de identidad fueran: historia de la literatura y sociología, animación a la lectura, y bibliotecas escolares, no había. Hasta la fecha estoy muy contento con los libros que hemos publicado, hemos recuperado uno de Ana Pelegrín (9) y se va a publicar el siguiente. Me acuerdo que tanto La aventura de oír como Cada cual atiende a juego son libros que yo leí de joven, y, ahora, me parece un delito que estén descatalogados. En el mundo de la literatura infantil, en el del ensayo como en el de la ficción, ocurren cosas tan paradójicas como que hayamos vivido un montón de años con Donde viven los monstruos (10) agotado.

—A partir de estos proyectos que tienen que ver con la crítica de literatura infantil, ¿cómo ves el estado de la crítica hoy?
Pues yo creo que se ha ganado respecto al pasado inmediato, pero la crítica de literatura infantil no está homologada como lo está la crítica de la literatura canónica. Es de agradecer que exista Gustavo Puerta en el suplemento cultural del diario El Mundo. Es de agradecer que de vez en cuando Ana Garralón diga algo desde la revista Educación y Biblioteca y que excepcionalmente los Peonza digan también algo. Nosotros, desde Babar, no decimos nada. Nuestra revista es una revista venial, pero ello tiene su sentido: nos parece que el hecho de que todos los que trabajamos en la revista, trabajemos también en la editorial Anaya supone que debamos ser especialmente cuidadosos.
El sueño de Pablo, escrito por Antonio Ventura
Igual estoy cometiendo una injusticia con Fadamorgana o con CLIJ o con Faristol, si así fuera, perdónenme. Y no estoy hablando de las revistas en la web, como Imaginaria. Que no exista una crítica estable, a mí me parece que es una carencia, pero no sé si muchos creadores del género están preparados para aceptar esa crítica, que curiosamente demandan, pero en cuanto existe la más leve enseguida el patio se altera. Yo creo que sería muy higiénico que, en un momento determinado, un crítico pudiera opinar que, desde su punto de vista, tal o cual libro no le gusta o que, a su juicio, es malo.
A mí me ha pasado una cosa muy curiosa, todos mis libros para niños han sido, en general, muy bien criticados. Quiero decir, elogiados, aunque las criticas en sí mismas, muchas no fueran buenas críticas. Mi primera novela (hasta el momento la única) para adultos, la primera crítica que tuvo fue demoledora, casi llegaba al insulto personal. En un primer momento te sorprende, luego, la digieres; tu autoestima, como autor, no se siente mermada, ni tu consideración sobre tu trabajo.

Pero es curioso, en el ámbito de la literatura infantil, territorio en el que uno tiene amistad con unos cuantos críticos, cuando hablas a solas con ellos sobre algunos libros, todos coinciden sobre su ausencia de calidad... y resulta que luego "nadie" dice nada, incluso encuentras alguna reseña recomendándolo. Y uno se pregunta: «¿y esto por qué es así?». No sé, nos tendremos que acostumbrar... tampoco sé si pasa en otros países.


Notas de Imaginaria
(1) Zimnik, Reiner. Los tambores. Ilustraciones del autor. Traducción de Humpty Dumpty. Barcelona, Editorial Lumen, 1963. Esta edición que cita Antonio Ventura se encuentra descatalogada. En la actualidad el libro se consigue editado por Vicens Vives (Barcelona, 2000), con traducción de Genoveva Dieterich.
(2) Ventura se refiere a los libros No todas las vacas son iguales (Caracas, Camelia Ediciones, 1999), Osos de cuento (Caracas, Camelia Ediciones, 2002) y Perros de la calle (Madrid, Editorial Sparafucile\Mashica, 2006).
(3) Ambos libros fueron ilustrados por Teresa Novoa.
(4) Peter Härtling (Chemnitz, Alemania, 1933); sus obras más difundidas en lengua castellana son La abuela y Ben quiere a Ana (ambas editadas por Alfaguara).
(5) Mirjam Pressler (Darmstadt, Alemania, 1940); traducidas al español, se encuentran las novelas Chocolate amargo (Alfaguara) y Tiempo de remover las cenizas (Grupo Editorial Norma).
(6) Estrella Escriña se refiere a la novela El relato incompleto (Sevilla, Editorial Algaida, 2004).
(7) Nothomb, Amélie. Antichrista. Barcelona, Anagrama, 2005.
(8) La colección de álbumes "Ciudad de Alicante" se va formando con los proyectos premiados en el Certamen Internacional de Álbum Infantil Ilustrado "Ciudad de Alicante", evento que anualmente organiza el Patronato Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Alicante, en colaboración con la Editorial Anaya.
(9) Antonio Ventura se refiere al libro La aventura de oír. Cuentos tradicionales y literatura infantil, de Ana Pelegrín (Madrid, Anaya, 2004; colección La sombra de la palabra).
(10) Sendak, Maurice (texto e ilustraciones). Donde viven los monstruos. Traducción de Agustín Gervás. Madrid, Editorial Alfaguara, 1977.


Estrella Escriña Marti (estrellaescrina@hotmail.com) es licenciada en Filología Hispánica y Máster en Literatura Infantil. Junto con Mariel Ortiz forma el dúo Tandem, que se dedica a la animación a la lectura y a la narración oral. Este grupo viene realizando actividades desde el año 1999, tanto con niños y adolescentes como con adultos y familias, para las bibliotecas de la Comunidad de Madrid y Castilla-La Mancha. Interesada además en la investigación, realiza en la actualidad estudios de Doctorado en la Universidad de Alcalá de Henares.

sábado, 11 de octubre de 2014

Jaime Jaramillo Escobar y Ana Mercedes Hoyos nos

Presentan esta Colombia que debemos conocer en las letras y en la pintura:




Las palenqueras de Ana Mercedes Hoyos me recuerdan 

A gregoria Mena

¿Dónde estará la negra Gregoria?
Se pregunta emiro en una noche fría de Yopal
(el frío de la tierra caliente es más frío).
A Ella le gustaba el tinto de Doña Carmen
y su conversa.
A nosotros también. 
Y yo les preguntaba que porque Gregoria 
hablaba como cantando
y Ellas reían y con su risa se iban de aquelarre.

¿Dónde estará la negra Gregoria?
Convivimos en la carrera 42B con la calle 84 
de ese inolvidable Manrique de Mi Medellín del alma 
en la casa de inquilinato de la Mercedes Cataño
que en la mañanita 
tocaba a golpes la puerta
cobrando el arriendo 
porque no había hecho casas para vagos y sinverguenzas 
sino pa' financiar su vejez.
Que si no teníamos pa´l arriendo
que en la puta mierda no nos cobraban
pero nunca le dio la dirección a la negra
que nunca se le quedaba callada,
a la negra que ahora me recuerdan las pinturas 
de Ana Mercedes...

Ahora tanto la pintora como mi vecina 
se me perdieron en la memoria
como yo que me pierdo en las calles de esta villa
Dónde estará la negra Gregoria se pregunta el emiro,
el viento silva mientras se lleva el aguacero de esta noche...




Mamá negra / Jaime Jaramillo Escobar


Cuando mamá negra hablaba del Chocó
le brillaba la cadena de oro en el pescuezo,
su largo pescuezo para beber agua en las totumas,
para husmear el cielo,
para chuparles la leche a los cocos.
Su pescuezo largo para dar gritos de colores con las guacamayas,
para hablar alto entre las vecinas,
para ahogar la pena,
y para besar a su negro, que era alto hasta el techo.
Su pescuezo flexible para mover la cabeza en los bailes,
para reír en las bodas.
Y para lucir la sombrilla y para lucir el habla.
Mamá negra tenía collares de gargantilla en los baúles,
prendas blancas colgadas detrás del biombo de bambú,
pendientes que se bamboleaban en sus orejas,
y un abanico de plumas de ángel para revolver el aire.
Su negro le traía mucho lujo del puerto cada vez que venían los barcos,
y la casa estaba llena de tintineantes cortinas de conchas y de abalorios,
y de caracoles para tener las puertas y para tener las ventanas.
Mamá negra consultaba el curandero a propósito del tabardillo,
les prendía velas a los santos porque le gustaba la candela,
tenía una abuela africana de la que nunca nos hablaba,
y tenía una cosa envuelta en un pañuelo,
un muñequito de madera con el que nunca nos dejaba jugar.
Mamá negra se subía la falda hasta más arriba de la rodilla para pisar el agua,
tenía una cola de sirena dividida en dos pies,
y tenía también un secreto en el corazón,
porque se ponía a bailar cuando oía el tambor del mapalé.
Mamá negra se movía como el mar entre una botella,
de ella no se puede hablar sin conservar el ritmo,
y el taita le miraba los senos como si se los hubiera encontrado en la playa.
Senos como dos caracoles que le rompían la blusa,
como si el sol saliera de ellos,
unos senos más hermosos que las olas del mar.
Mamá negra tenía una falda estrecha para cruzar las piernas,
tenía un canto triste, como alarido de la tierra,
no le picaba el aguardiente en el gaznate,
y, si quería, se podía beber el cielo a pico de estrella.
Mamá negra era un trozo de cosa dura, untada de risa por fuera.
Mi taita dijo que cuando muriera
iba a hacer una canoa con ella.


 


Alheña y azúmbar / jaime jaramillo escobar

"¡Ya no más –por favor– las aburridas descripciones de semillas tropicales!"
Gabriel Jaime Franco

La digestión de la pulpa del coco demora cuarenta días y cuarenta noches.
Ni mucho, ni poco.Al plátano hartón de cáscara roja le falta un grado para ser veneno. Compadre, no coma coco. Si se ha comido banano y se toma ron, muerte segura. Nadie comió. Ni yo tampoco. La pepita de la pitahaya si la comes no la muerdas, si la muerdes no la tragues; si la tragas, allá tú.
La pepita de la granadilla si la tragas se te embucha. Para que no se te embuche, mejor que no comas mucha.
La pepita de la granada no es como la de la granadilla. La pepita de la guayaba no es como la de la granada. Y la pepita de la papaya no es como la de la guayaba. Es como la de la papayuela, pero más dulce.
Si es más dulce es más sabrosa, si es más sabrosa es más cara. Para que no sea más cara no compre papaya ni compre nada.
La pepita de la guanábana es como la de la chirimoya. Y ambas son como la de la calabaza. Cuando a uno le dan calabazas no le dan chirimoya ni le dan papaya.
Las pepitas de la guama se usan para hacer zarcillos, quiero decir que se utilizan como pendientes, o mejor dicho lo que quiero decir es que los chicos se las cuelgan de las orejas.
Trae el corozo una nuez, trae la nuez una almendra, pero la almendra de la nuez no es como la nuez del corozo. Si no se entiende que no se entienda.
La ciruela se lava, pero no se pela; el madroño se pela, pero no se lava. Para saber si una fruta se lava o se pela hay que consultar el diccionario. El diccionario tiene la palabra. Pero si no la tiene será que le falta una página.
La pulpa de la algarroba se ataruga y se atraganta. Si tomas agua se forma una pasta y se te pega en la garganta. Con la garganta atragantada tratas de ver si resuellas o si no resuellas nada. Si no resuellas mortus est.
El hicaco es una fruta especial para diabéticos: no tiene azúcar, ni tiene harina, ni tiene hicaco ni nada.
El que come patilla oxidada seguro estira la pata. Para no correr el riesgo es mejor comer sandía. La sandía es una fruta sandia.
El tamarindo es la fruta que más me gusta porque es de negros y de tierra caliente. Qué sería de los blancos cuando van a tierra caliente si los negros no les sirvieran refrescos de tamarindo. Con el sabor áspero del tamarindo se forman bolas ácidas recubiertas de azúcar que sirven para vender en las calles de Cartagena, y se hace una miel espesa de tamarindo para lamer sobre hojas de plátano. También se hacen sorbetes para el arzobispo, y además el árbol de tamarindo produce una sombra verde y fresca para construir un banquito y sentarse alrededor del tronco. El tamarindo es un tronco de árbol copudo completamente lleno de tamarindos. Sólo los negros lo pueden coger porque no es fruta de blancos. Si los blancos tuvieran tamarindo entonces los negros serían blancos. Pero no puede ser.
Hay muchas frutas que son de negros. Dios les dio a los negros la tierra caliente y las frutas porque Dios tiene predilección por los negros, eso es evidente. A los blancos los puso en tierras frías para que se resfríen, pero ellos inventaron la aspirina y las cobijas de lana. El níspero y el mamey son frutas de negros. Y el zapote también. Pero lo que pasa es que a los blancos siempre les ha gustado comerse la comida de los negros. Y la música de los negros. Y los bailes de los negros. Y las negras de los negros.

Sigamos: mi negra se emperejila, se emperespeja, se aliña,
Con alhucema y albahaca, con cidrón y toronjil,
Con lavanda, con canela, con loción y con anís.
Mi negra tiene un meneo que no cabe por la calle,
Mueve el tacón y la punta del zapato y ese baile
Derrama tantas fragancias que no caben en el aire.
Mi negra es alta y esbelta, muy lucida y bien plantada,
Su cuello es tan largo que anda su cabeza por el aire.
El donaire de mi negra no cabe en ninguna parte.
Mi negra tiene ojos blancos, dientes blancos, calzones blancos,
Calzones en diminutivo, calzoncitos, prendas íntimas…
Yo no sé qué tienen de íntimas si las anda mostrando por todos lados.
Cuando mi negra se desnuda queda completamente desnuda,
No como las blancas que aunque se desnuden siempre tienen algo que las cubre, aunque sea un concepto. Mi negra no tiene conceptos, ella nació y se crió desnuda, y por lo tanto no se puede vestir completamente porque mientras más se viste más desnuda queda.
Mi negra se aceita el codo, se pule el pelo, acicala,
Se emperimbomba, se tiñe, se sahúma, se apercala,
Se va de rumba y regresa cuando está la noche alta.
Yo no sufro por mi negra. ¡Cómo me alegra mirarla!
Mi negra camina en versos de cuatro o cinco tonadas,
Su habla es un canto largo, con las palabras cortadas.
Mi negra es dulce por fuera. Por dentro yo no sé nada.
Por dentro mi negra tiene alguna cosa guardada.

Agüita de manzanilla,
Tisana de ron y eneldo,
La raíz del limoncillo
Y un manojito de espliego.
El aire huele a linaza
Con astillas de canela.
Con alheña y con azúmbar
Viene pintada mi negra.
Pintada no es la palabra,
Viene más azul que negra,
Como esculpida en el aire
Durísimo de la piedra!


Jaime, el poeta y el maestro en la biblioteca piloto
estará conmigo
mucho rato diciéndome que se puede publicar 
y que no.
Pero él sabe que yo no hago caso y siempre
he publicado cualquier cosa
porque mi poética es cualquier cosa...
me enamoré de lo baladí
pierdo los sesos tras lo insulso
mis páginas de caligrafía 
son un homenaje a lo trivial
me gusta ver mi letra con tinta 
de todos los colores hasta el mareo...

Jaime, el poeta con su maletin de charol negro
reluciente y cargado de poemas y poemas 
versos epigrafes e ideas bellas 
inteligentes y satiricosas
va por las calles de mi memoria allí donde yo vaya
ira conmigo
diciéndome que ese poema no se podía leer
cuando por fin me lo supe de memoria
cuando por fin entendí porque me gustaba recitar.


jueves, 2 de octubre de 2014

Para re-leer del periódico de Bogotá, EL ESPECTADOR del 6 de septiembre de 2014



Fernando Vallejo visto por William Ospina




En los actos públicos, hablar después de Fernando Vallejo es muy difícil, porque él deja en el aire dos de los signos en que más se reconoce la humanidad, el signo de la indignación y el signo de la rebelión.

Y porque en su caso uno no sabe qué admirar más: si la ferocidad de los temas o la gracia del estilo.
Pero también, como se lo dije un día a un periodista que nos entrevistaba, porque Fernando lucha contra cosas que vuelan a leguas por encima de nuestras frivolidades cotidianas: él quiere que aprendamos a respetar y querer a los animales; que como especie no pesemos sobre el planeta; que abandonemos la mansedumbre ante el poder, que ha convertido en todas partes a la democracia en una descarada complicidad de las mayorías manipulables con ambiciosos que se reparten el tesoro público y deciden la paz y la guerra, la degradación de la naturaleza y el destino de la especie.
No habla para agradar, sino, como él mismo lo dice, para molestar. Y eso es muy raro en estos tiempos de demagogia y de adulación: cuando la publicidad soborna y la política chantajea, cuando la religión endulza a la clientela y los medios nos venden la realidad como espectáculo y nos dicen con cara de palo que cuatro y ocho son lo mismo. Rugir es un arte que ya no se practica, porque esta es la edad de la zalamería del mercado.

Reconozco que yo soy más crédulo. Creo a veces en los que afirman querer cambiar a la humanidad. A veces me dejo aturdir por la ilusión de que la política puede cambiar en algo la injusticia de este mundo, pero es Fernando quien tiene razón. Como dijo el maestro Hölderlin: “Siempre que el hombre ha querido hacer del Estado su cielo, se ha construido su infierno”. Ahora bien: pienso que las iglesias han hecho mucho daño, pero también que mucha gente honrada y buena encuentra en la religión un consuelo frente a los horrores de la realidad.

Y ambos creemos en Dios. Yo, porque necesito alguien o algo a quien atribuirle el orden misterioso del universo y la belleza del mundo. Él, porque necesita alguien a quien atribuirle tanto horror y tanta maldad. Casi todo el que se enfrenta con Dios termina atrapado en sus garras. Pero Dios, si no lo pensamos como un tirano barbado e implacable, y ni siquiera como una persona, también puede ser un consuelo para la imaginación, un signo misterioso para hablar de la complejidad del mundo, del secreto de sus leyes, del respeto por lo desconocido, de la reverencia ante lo asombroso, ante todo lo que la razón no puede explicar.

Vallejo afirma que la humanidad no debe reproducirse, y lo dice con furia, porque estamos multiplicando una especie cada vez más depredadora y más frívola. Pero en sus libros los jóvenes son bellos y deseables, y todos quedamos con la sensación agradecida de que la vida debería ser distinta y de que vivir vale la pena.

A mí sinceramente me gusta que exista la humanidad. Con todas sus pestes, sus desvaríos y sus crímenes, la humanidad es lo único que tenemos, para admirar y para condenar. Y debo decir algo que alarmaría a Fernando: si no fuera por los crímenes de la humanidad, tal vez su prosa no tendría tanta fuerza, porque la maldad humana es el aire que sostiene sus alas. Los moralistas sólo tienen sentido como adversarios de la maldad, como denunciadores de los errores del mundo; sus palabras sólo tienen sentido si el mundo puede ser mejorado, si tiene la opción de ser distinto.
Borges dijo que Voltaire se había empeñado en demostrar que el universo es apenas un escenario de catástrofes y maldades, pero que lo hizo con tanta gracia y prodigalidad que el efecto de sus palabras no es de desolación sino todo lo contrario. “¿Cómo podría el universo ser malvado si ha producido un hombre como Voltaire?”.

Fernando Vallejo tiene un humor tan festivo y tan brillante que, después de oírlo tronar contra los poderes y los horrores, uno siente que vale la pena estar aquí, que vale la pena indignarse, y hasta acepta que hay que destituir a los ambiciosos y a los insensibles.

Que alguien nos explique por qué cuando uno lee los libros de Fernando Vallejo, que denuncian toda la malignidad de la historia, a cada instante tiene que hacer un alto para reírse, porque todo lo que dice es expresivo y agudo, desnuda vanidades y derrumba prestigios, y no deja títere con cabeza, y manda a los perros al cielo y a los monarcas al infierno.

El carnaval de la vida también le arranca sonrisas: dice que a María Félix se le olvidó morirse, que vio en sueños a Octavio Paz empujando una carreta cargada de sus versos rumbo al olvido, que Rufino José Cuervo murió en París, cuando iba apenas por la letra D de su diccionario: “Tan lejos de Colombia y de la Zeta”. Habla mal de los poetas de hoy, y sienta el acta de defunción de la Poesía, pero hay que ver su cara cuando oye unos versos de León de Greiff o de san Juan de la Cruz, hay que oírlo decir el poema Lo fatal de Rubén Darío.

Fernando denuncia al mal: se lo atribuye a Dios, a la Iglesia, a los políticos, a los corruptos, a los ambiciosos, a los que se reproducen, a los que devoran a sus congéneres. O sea que Fernando cree en el bien, es más: lo encarna. Finge ser malo, reclama para sí la etiqueta de hereje y el olor del azufre satánico, pero la suya es una manera secreta y engañadora de ser santo.
Yo imito el argumento de Borges: ¿cómo podría el universo ser malvado si ha producido un hombre como Fernando Vallejo?













 LO QUE ESCRIBEN LOS ESTUDIANTES  SOBRE 

 William Ospina, un verdadero escritor…

Jaime Andrés Benavides
Comunicación Social
Universidad Santo Tomás
IV semestre

“La más honda importancia de una obra está en los aportes que haya hecho a su lengua y a la sensibilidad de su pueblo, así ese pueblo reciba muy lentamente ese legado y se lo incorpore de una manera que no puede ser gobernada por nadie”: William Ospina
William Ospina es un escritor innato. Sus facultades se vislumbran cada vez que uno de sus libros es publicado. A diferencia de muchos que escriben poco, éste se caracteriza por escribir entre cuatro y tres libros llenos de ensayos por año. Además de ello, últimamente ha dejado leer sus poemas, en los cuales se nota el gran sentido que para el autor tienen, la naturaleza y la universalidad.

Conocedor exiguo de la obra de Borges y Márquez, tanto así que fue el primer autor en leer “Vivir para contarlo” de Gabo, antes de su publicación, fuera de eso es un amante de esas literaturas que para muchos son extrañas e incluso recónditas, entre líneas citadas, se remite a autores que rara vez se nombran por otros escritores.

Qué increíble capacidad la de este autor para abordar sus escritos, y qué fascinante creación la de ellos mismos a su vez. Desde hace un tiempo son publicados sus ensayos en la revista “Cromos”. Allí promueve ideas que estimulan la reflexión, de muchas personas seguidoras de su obra, con respecto a infinidad de temas.

Su imaginación, al igual, que su creación no tienen limites. A esto  se le atribuye su inmensa capacidad de producción literaria, algunos adeptos a sus ideas y a sus escritos, aseguramos con certeza y seguridad, que allí en esos bellos relatos, esta el que en unos años será, el nuevo Nóbel para la literatura colombiana.

En sus libros, deja ver esa inclinación y esa admiración que tiene por la cultura oriental, pareciera como si en sus ideas valiera más esa misticidad propia de dicha cultura, que a los occidentales nos parece tan confusa y extrema, que la misma civilización a la cual pertenece. Es por ello que sus ideas son fuertemente cuestionadas, motivo por el cual lo han rotulado como soñador e idealista.

Sus ensayos se acompañan, por nombres y fechas concretas, elementos que otros escritores no abarcan con tal facilidad, por ejemplo, menciona con exactitud los nombres de todas las tribus americanas antes del descubrimiento, incluso se remite a los nombres de algunos de sus caciques, así como a los nombres de esos primeros cronistas que la España trajo a cuestas en momentos de la colonización; de igual manera lo hace con las cruzadas, de ellas menciona las rutas y los siglos precisos. “ello en distintos ensayos, -la cruz y la media luna- y -la conquista-”

Como si esto fuera poco, es uno de los pocos que realiza análisis poéticos tan precisos y valederos, tanto así que en ”el llamado de la tierra” uno de los ensayos publicados en “la herida en la piel de la diosa”, se atrevió a descifrar poemas de José Manuel Arango, un poeta al que describe, como un escritor que no vino a satisfacer ningún publico, pero que si lo hizo para enriquecer el lenguaje.

En su libro ¿Dónde esta la franja amarilla? Habla de la situación colombiana y de los aparentes porqués de la situación perpleja, para ello se remite al legado de los franceses y de su revolución, así como al inmenso conflicto trágico y suculento que suscito el horror de la violencia entre partidos y entre guerrilla, hace un tiempo no tan lejano al actual.

En su último libro América Mestiza el país del futuro, realiza una hermosa compilación de datos que constituyen esa vieja historia que muchos se han dado a la tarea de negar, la historia de esa América que antes de la llegada de los españoles era mucho más civilizada que ellos mismos. En esta explica leyendas y mitos, así como también de la profunda misticidad de estos pueblos, de sus creencias y sus ceremonias. Y hace un llamado para todos los pueblos del actual continente, este consiste en esa vieja idea de Simón Bolívar expresada en su famosa carta de jamaica, la idea que asume el continente como un país.

Entre tanto, sigue realizando y publicando en la revista número, traducciones de importantes autores y emitiendo juicios que como el bien lo diría: son a la vez biología y lenguaje, naturaleza y cultura, huellas de la historia en la arcilla y pupilas que buscan las estrellas.

Es por esto, que aun sabiendo que su interés no es simpatizar, ni responder a ningún publico, sino que más bien al lenguaje, que nos atrevemos a decir que con ansías infinitas, esperaremos sus escritos y esa anhelada novela que publicara en el segundo semestre de este año.

Esos extraños prófugos de occidente. 
Si con alguien se conocen a personajes, extraños y desconocidos, ese es William Ospina, su visión del universo y su ambición por recorrer el mundo, le han permitido conocer sobre pasajes y concepciones, autores y poesía, vidas y obras, historias y mitos, que en occidente sobre todo, no se conocen.

Arthur Rimbaud, Walt Whitman, Emily Dickinson, Lord Byord, William Faulkner y Friedrich Holderlin, son las biografías que de forma especial y completa, trasmite en este su libro.

Su capacidad para traducir libros en idiomas europeos, le ha permitido traer algunas de la obras de estos autores, al español.

¿Donde esta la franja amarilla? 
Que fascinante visión la que describe en estos ensayos, aquella que muchos consideran idealista, utópica y fantasiosa, es más bien un completo compilado de cada uno de los factores que antes y ahora, inciden en la realidad colombiana.

La falta de un proyecto nacional conjunto, que brote de las mentes de todos los colombianos y no de un limitado grupo de personas, es la idea que entre líneas deja, esa sustanciosa recopilación de ensayos que en este se presentan.
Advierte que si durante años la Colombia se ha fraccionado entre dos partidos políticos “rojos y azules” liberales y conservadores, se hace necesario hallar el amarillo, que también tiene nuestra bandera, pero que aun no ha llegado. Aquel amarillo sería ese gran proyecto nacional, producto de la iniciativa de todas las gentes que habitan la maravillosa Colombia.

La herida en la piel de la Diosa.
En este, el primero que publico con Aguilar, presenta a sus lectores, ensayos con todo tipo de actividad temática. Para hablar de él, habría que hablar de cada uno de ellos y dar vuelcos totales entre párrafo y párrafo, y sin embargo nos atreveríamos a decir, que sin uno de los publicados, el libro no tendría el sentido que en realidad tiene.

En su libro la herida en la piel de la diosa”, se habla de indios y se habla de Bush; se habla de “la cruz y la medialuna”; se habla de dos leños y se dice región; se habla de “el llamado de la tierra” y se habla de cruzadas; se habla de descolonización y se habla de las nuevas colonias… Empieza por mencionar, con fechas y nombres cada una de las cruzadas, y termina por hablar de la política intervenciónalista de los Estados Unidos, cruzando por “la poesía de los Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez y “Lo que tomamos de Francia.”

Trece ensayos en los que no hay afinidad temática y sin embargo, ideas vagan por la mente del lector, con un timonel que permite el dialogar en la diversidad de matices, de tonos, de temas. Permite a su vez, dice el autor -que convivan la opinión y la ciencia; la biología y el lenguaje; la decencia y la ironía; la naturaleza y la cultura-, crea conciencia y debate con lectores, impulsando ideas nuevas, llamadas por el, pero a fin de cuentas propias del lector.

América Mestiza, El país del futuro.
Muy seguramente las ideas expuestas en este, le abrirán camino hacia todos los países de Sur América. Aludiendo a que somos pueblos inexpertos, con memorias que datan de tan solo cinco siglos atrás, pretende retomar todo aquello que hace un tiempo nos hizo no una América fraccionada y si más bien un territorio hermano, civilizado mucho antes de que los europeos hallan determinado como serlo.

Sus ensayos, fruto de la experiencia y del conocimiento, exponen de manera exquisita, la real historia de América, esa misma que en estos tiempos es tratada desde su descubrimiento y no desde su totalidad. En ellos también expone el porque somos el choque de tantos mundos, del africano y del europeo, remitiéndose al claro ejemplo, de los mil colores del arte que exponen los pueblos latinos.

Su libro es un bello tema dedicado no solo a su Colombia natal, si no que también a los peruanos y a los ecuatorianos, a los argentinos y a los brasileros, a los venezolanos y a los uruguayos en fin, a todos los países de la América mestiza

 
 
Colombia en el pensamiento de dos de sus  autores de hoy:






“La más honda importancia de una obra está en los aportes que haya hecho a su lengua y a la sensibilidad de su pueblo, así ese pueblo reciba muy lentamente ese legado y se lo incorpore de una manera que no puede ser gobernada por nadie”   William Ospina